admin/ noviembre 21, 2019/ blog/ 0 comentarios

Festividad protectora de los animales 

 

Como el año pasado, el anterior y así hasta remontarse  hasta el siglo XVIII,  se viene celebrando en la localidad de San Bartolomé de los pinares y una  fiesta muy singular.                 

El fuego y el humo son los protagonistas indiscutibles de esta festividad. La efeméride, todos los gélidos 16 de enero. Su nombre  las luminarias

 La fiesta comienza unos días antes con la recogida de ramos,  piornos y jaras. El mismo día 16, las  van apilando a lo largo de la calle principal y  sus aledañas a modo de circuito para que los jinetes y sus monturas pasen sobre el fuego.

Las luminarias 

Esta fiesta ancestral, está llena de rituales. El mayordomo y sus jurados, son los encargado de llevarlo a cabo y se materializa en   la vara de mando, éstas son unos estandartes  la que aparece la imagen de San Antonio Abad, más conocido como San Antón, patrón de los animales. También   es el encargado de presidir la misa y diseñar el recorrido de las Luminarias.   

Una representación  del consistorio, el párroco y mayordomo, todos  acompañados por la banda de música del pueblo con sus dulzainas y al son de los tambores se dirigen desde la casa del cura a la iglesia. Tras los oficios religiosos  vuelven al salón parroquial, donde se da un convite con  dulces,  limonada y  vino de la tierra. Todos  bailan al ritmo de la gaita y del tambor.

Poco después se enciende la luminaria del mayordomo, que es la primera en encenderse. Así, tras este ritual, y  año tras años  queda formalmente inagurada  la festividad de las luminarias.

Y, comienza a arder literalmente San Bartolome de los Pinares.

            Con el objeto de que echen el mayor humo posible las retamas, los juncos las  gayombas, y piornos, se recogen con los brotes aún verdes y no satisfecho con ello se rocían con agua para potenciar aún más el humo. Es  tal  la humareda que uno pierde el norte, y los ojos se vuelven llorosos. Pero en esta ocasión, no nos embarga ninguna emoción. Es una cuestión mucho menos prosaica, es que nos asfixiamos.  

Mientras el fuego se apacigua. Los jinetes engalanan sus monturas, les recogen las crines y las colas  para evitar que se quemen. Nada más. No hay ungüentos ni ninguna protección adicional. Pasan a pelo estos valientes y bellos animales por las brasas.

 Surgen y aparecen cual imagen divina a través de las cortinas de humos.   

Las calles se van llenando. Gente de aquí, familiares que abandonaron el pueblo por trabajo, hijos de hijos de la tierra, forasteros, curiosos, turistas, todos disfrutamos de la fiesta y del ambiente. Todos terminamos chamuscados.

Suena el repicar de las campanas, encabeza la comitiva una gaita, los tambores y los mayordomos. Detrás un centenar de jinetes hacen sonar las herraduras  de sus caballos por el empedrado.  Todas las caballerías se reúnen  delante de la casa del cura, donde el sacerdote desde el balcón bendice a los animales y los rocía con agua bendita.

Y de esa forma, los caballos empiezan a atravesar los fuegos uno tras otro, para purificarse y  librarse de enfermedades. Es un ritual de protección.  

Tras dos horas, los jinetes vuelven a las caballerizas. El resto de los mortales sacan las viandas, las chuletas, el vino. Cuestión de no desaprovechar las brasas.

Día de San Antón

Comienza el día 17, volviéndose a encender las hogueras, y a llenar el pueblo de humo, desde muy temprano.


Los mayordomos vuelven a salir por la mañana con los caballos adornados con flores de papel y  con unos ropones con mucho colorido. Siguen llevando consigo las varas, que esta vez son besadas por los lugareños y a la misma vez se le da un donativo a los mayordomos para ayudar a pagar los gastos que supone la fiesta.


Acompañados de la gaita y el tambor, vuelven a recorrer todo el pueblo, en el que los bartolos continúan la fiesta , sin perderse el tradicional desayuno de cada hoguera , abundando el chocolate, la  bollería, y sin que falte la botella de orujo.

Sobre el mediodía comienza la Santa Misa en honor a San Antón, y después de ella, se saca la estatua del santo en procesión, para que también se ahume.

 

Una vez terminada la misa, el mayordomo invita a los asistentes a pastas y limonada en la puerta del salón parroquial, donde la gaita y el tambor amenizará el convite a los asistentes para que bailen unas jotas.


La gente regresa a sus respectivas hogueras para comer allí.
A las cinco de la tarde vuelven a salir las caballerías. Se reúnen todos en la plaza, donde va a comenzar la carrera de cintas.

La carrera de cintas

La carrera de cintas suele ser más peculiar y se realiza en bastantes sitios de nuestro país.

Consiste en ir montado a caballo o burro e introducir un lapicero por una anilla, que a su vez está enrollada  en un cilindro de madera y prendida con un alfiler.

Las cintas se colocan en los cilindros y se cuelgan de una cuerda, de un extremo en una pared y de otro en una argolla, para que una persona la  afloje o tire de ella depende de la altura del animal y la gente llegue mejor. Cada cinta tiene dentro un premio en metálico que al finalizar el concurso sea abonado por el mayordomo a cada afortunado jinete.

 Antiguamente se corrían los gallos, que era igual que las cintas pero con un gallo colgado boca abajo. Cada jinete ponía un gallo y a lomos de su caballo le tenía que arrancar la cabeza a cuajo, el que más cabezas cogiera más gallos se llevaban. Pero la brutal y sangrienta fiesta se suprimió. Normalmente se realizaban en el atapao  y esta fiesta se cambió por las cintas aproximadamente hace más de 30 años.

Sin dejar de sonar la gaita y el tambor ante una gran expectación, San Bartolomé de Pinares despide por un año más sus ansiadas fiestas de San Antón.

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